Por José Luis Rodríguez Siguas

Desde el título podemos ir dándonos cuenta que las ranas a que se refiere Donayre tienen muchos rostros y aristas ¿acaso se refiere a ese croar constante del Frente Patriótico?, pero donde estamos seguros es que la bulla perniciosa de la isla, ¿Iquitos?, no es más que la originada por los vehículos y por las fiestas sinfín que acechan al puerto, “soportaba estoicamente la murga urbana que estaba dispuesta a destrozar los tímpanos”, dice Álvaro el narrador personaje de la novela.
La novela está dividida en cuatro capítulos (si bien cada parte es independiente en relación a la otra, en conjunto tienen un sentido lógico): La búsqueda (Palimpsesto), Los (des) encuentros, Mitológicas y el último capítulo, que en realidad es un epílogo, Trópicos y humedades (otra vez las ranas). El libro se cierra con un estudio de Ana Varela.
En el primer capítulo aparece Álvaro, “abogado-literato […] rebuscador de fuentes históricas que sobrevive en un medio inhóspito para la investigación”, nos dice Ana Varela en el colofón del libro, puesto que Álvaro se dedica a remover en escombros las historias vetadas, las que no gustan porque “joden”.

Pero también en Estanque… aparecen otros personajes cercanos al autor, la amiga directora de la revista Varadero del personaje Álvaro no es otra que Ana Varela, una de las personas que se quedaría con parte de su biblioteca y por qué no mencionar a su amigo-asistente Gabriel García Villacrez.
El segundo capítulo está mejor logrado (en el anterior el narrador cae en el lugar común de repetir casi como una letanía sobre la investigación que realiza, eso lo vuelva plano y el discurso se lentifica) asistimos a la presencia del personaje indígena “civilizado” Carlos Quinto Nonuya, retrocedemos en el tiempo y nos ubicamos en el periodo del caucho. Donayre conoce bien el terreno, de ahí que la historia que nos cuenta Carlos Quinto es creíble, antiguo ayudante en una de las secciones de la Peruvian, fue parte de la carnicería que cometieron contra los indígenas del Putumayo. Pero la historia más llamativa es la del capitán huitoto Katenere, quien se reveló durante días vengando la muerte de su mujer y sus hijos, Carlo Quinto llegó a creer que perderían la batalla, finalmente, doblegaron al rebelde.
Aquí voy hacer una digresión, el Katenere de la historia de Miguel Donayre es de origen huitoto, mientras el Katenere de Vargas Llosa en El Sueño del Celta es bora, los especialistas seguramente tendrán que dirimir sobre este asunto, pero la diferencia no queda ahí, en la novela de Vargas Llosa la rebelión duró dos años y su mujer sólo fue violada, enEstanque de Ranas la rebelión duró días, a raíz, como lo dije anteriormente, de la muerte de su mujer y sus hijos, aunque claro está, al escribir ficción todo es posible.
La historia de Carlos Quinto termina con su llegada a un leprosorio de la Amazonía, por este motivo me recuerda al personaje Fushía de La Casa Verde.
En el mismo capítulo está ‘Huellas digitales’, donde “Donayre rebusca en sus raíces indígenas, narra desde la oralidad como recurso vital de sus ancestros para relatar la historia”, nos dice Ana Varela en el estudio antes mencionado. En esta parte de la obra noto cierta influencia de El Hablador de Vargas Llosa. Según mi óptica este capítulo debió tener mayor extensión, pues la historia así lo requería.
El tercer capítulo parece ser contada por una mujer pero no es así (aquí Ana Varela da un traspié al decir que es una voz femenina quien cuenta la historia), en realidad es la voz del homosexual Doroteo Guerrero Minaya, y si uno llega a confundirse al inicio es porque la pericia de Donayre para narrar es magnífica. Es justamente por Doro (quien junto a su “amiga” Verita tenían un local que causó sensación “La balsa mágica”) que nos enteramos de los chismes más sonados en la isla sobre funcionarios, alcaldes, militares, periodistas..., de los grandes bacanales a que nos tienen acostumbrado ciertos personajes de la ínsula, ¿será que Donayre hace referencia a la época dorada del narcotráfico?
La novela se cierra, con palabras ya no de Álvaro sino de Miguel, con un diario. Miguel nos cuenta cosas más personales, el decidir si quedarse en la isla o partir a España, cosa que sí hizo, además está lo de su estancia en la península y su nueva forma de vida, como bien apunta un comentario en el diario Pro & Contra “el exilio voluntario no [lo] ha convertido en un desertor de las letras, un temprano jubilado de la escritura”, al contrario Donayre ha sumado a Estanque de Ranas, las novelas Archipiélago de Sierpes y El búho de Queen Gardens Street, novelas que espero reseñar en otra oportunidad.
En conclusión, esta novela está mejor parada en relación al Ocaso de los delfines (en el ámbito narrativo, claro está), donde sí debe hacerse una observación es en el aspecto del lenguaje, específicamente en la adecuación, puesto que el autor usa términos como: ordenador, librería de viejo, buhardilla, motel…, que no tienen nada que ver con el castellano nuestro. Más allá de estos detalles, es un gusto que un loretano como Miguel siga progresando cada día en beneficio de esta isla, tantas veces sumida en el desgano por la cultura. Hasta pronto.